martes, 17 de noviembre de 2020

CASAS MUERTAS CAPITULO 7: ESTE ES EL CAMINO DE PALENQUE

 Un mediodía de noviembre, era domingo por cierto, se detuvo un autobús en Ortiz. Algo extraño sospecharon los escasos habitantes del pueblo desde el amanecer, cuando presenciaron el estrepitoso despertar del coronel Cubillos. Los gritos desmedidos del jefe civil agrietaron la madrugada e hicieron cantar a los gallos antes de tiempo. Se escuchó un inusitado acento metálico de peinillas, tres peinillas que yacían olvidadas en un rincón de la Jefatura, y un más inusitado rastrillar de máuseres; tres máuseres que nadie supo de dónde salieron.

Cundieron el asombro y el miedo. El coronel Cubillos, hermético y huraño, no dejaba traslucir el motivo de sus belicosas precauciones. Incluso los policías ignoraban la causa de aquel despertar con máuser y peinilla. Todo quedó a merced de las suposiciones, formuladas a media voz y a puertas cerradas.


Juan Vicente Gómez fue un dictador que gobernó a Venezuela desde 1908 hasta 1935, en este capitulo se narra la forma en que eran tratados los que se oponían a la dictadura sobre todo los estudiantes de la generación del 28

-¡Hay un alzamiento en Calabozo!
Pero el señor Cartaya pasó como al azar por el telégrafo, se enteró de la verdad y por él la conocieron Sebastián, Panchito y el cura Pernía. Los estudiantes de Caracas, presos desde hacía varias semanas en un campamento cercano a la capital, serían trasladados ese domingo a los trabajos forzados de Palenque. Ortiz estaba en el camino. Un telegrama con la noticia, recibido por el coronel Cubillos la noche anterior, determinaba su agitación de hoy.

El autobús no solamente pasó por Ortiz sino que se detuvo frente a la bodega de Epifanio. Era la primera parada desde la víspera, cuando salió de Guatire, mucho más allá de Caracas, con su cargamento de presos. Había atravesado en la noche y a gran velocidad las desiertas calles mudas de la capital. Tomó después el rumbo de los Valles de Aragua, hasta caer en los Llanos dando tumbos, con el motor a toda marcha. El cortejo de automóviles familiares que intentó seguirlo había sido detenido en seco por los fusiles de un pelotón de soldados.

Los estudiantes ignoraban la meta de aquel autobús amarillo que corría locamente, con ellos adentro. Tan sólo vislumbraron el destino que les aguardaba cuando el autobús abandonó la carretera que iba en busca del mar y torció bruscamente hacia los Llanos. Entonces uno de ellos dijo simplemente:

-Éste es el camino de Palenque.
Los demás comprendieron y callaron. El golpe de las ruedas en los baches, el trepidar asmático del motor, los latidos del corazón, modularon largo rato el eco de aquellas palabras.
Eran muy jóvenes los dieciséis estudiantes presos. El mayor entre ellos, seguramente el de la barba tupida y negra de fraile español, no llegaba a los veinticinco años. Pero los otros, el de los tranquilos ojos azules, el de la aguda nariz hebraica, el de la pálida frente cavilosa, el de las pobladas cejas hirsutas, el regordete de los grandes anteojos, el mulatico de la boina, apenas habían cumplido veinte.
Sebastián, se acercó a uno de los estudiantes:
-Ese sombrero no aguanta el sol -murmuró.
Y despojándose de su propio sombrero:
-Mejor es que se lleve el mío. Usted no sabe lo que es el sol del llano. Pero ya se acercaba el coronel Cubillos con una dura ráfaga de indignación en el gesto.
-Se prohíbe hablar con los presos -gritó a Sebastián.
-No lo sabía -respondió éste a manera de excusa.
-¡Pues sépalo! -chilló Cubillos amenazante.
-Perdone usted -intervino Cartaya conciliador-. Yo ni siquiera sabía que estos jóvenes estaban presos.
Y salieron los dos lentamente de la bodega perseguidos por los ojos furiosos del jefe civil. El estudiante de la boina se había puesto ya el sombrero pelo de guama de Sebastián, como si fuera el suyo de toda la vida.
En la bodega de Epifanio, en la casa parroquial, en el patio de las Villena, en la escuela de la señorita Berenice, en la Jefatura Civil, no se habló de otra cosa durante todo el día.
-¡Pobrecitos! -sollozaba Hermelinda entre palmas marchitas de un domingo de ramos y velas apagadas a medio consumir-. Son casi unos niños, padre Pernía. Santa Rosa los acompañe...

-Dios mismo los acompañe -respondía el padre Pernía preocupado-. Por el camino que se fueron no queda sino Palenque, que es la muerte.
-No regresarán -gruñía enfurecido el señor Cartaya en el patio de las Villena-. Los matarán a latigazos y los enterrarán en la sabana.

-¡Hay que hacer algo! -añadía Sebastián apretando los puños, agobiado por la pesada certidumbre de que nada podían hacer.

El coronel Cubillos dijo, expresando abuso de poder: -¿Usted se fijó, Juan de Dios, en el Sebastiancito ese de Parapara? Hablando bajito con los presos y con cara de arrecho, como si no le gustara que se los llevaran. Ése como que no sabe quién es el coronel Cubillos. Si me vuelve a jurungar, le pego un mecate y lo mando amarrado a Palenque para que aprenda a respetar. Como dos y dos son cuatro.

El espacio geográfico en el que se narra "Casas muertas" es el pueblo de Ortiz, en el estado Guárico

En el autobús amarillento que corría desolado por los Llanos no se hablaba de la propia desventura sino de la ya consumada desventura de Ortiz y su gente. No bien se perdieron en el polvo las últimas ruinas, uno de los estudiantes, el regordete de los grandes anteojos exclamó: -¡Qué espanto de pueblo! Está habitado por fantasmas.

Y el del sincero rostro redondo:
-¿Y las casas? Me duelen las casas. Parece una ciudad saqueada por una horda. Y el mulato corpulento, estudiante de medicina:
-Una horda de anófeles. El paludismo la destruyó.
Y el de la nariz respingada y ojos burlones:
-¡Pobre gente! Y se les nota que son buenos.
Y el que llevaba el sombrero de Sebastián:
-La gente siempre es buena en esta tierra. Los malos no son gente.
El de la cerrada barba dijo mucho después:
-¿Y los niños de aquel pueblo? Tienen el color de la tierra que se comen.
Y el retaco de la voz detonante:
-Son saquitos de anquilostomos.
Y el de las patillas de prócer:
-Crecen descalzos con los pies llenos de niguas.
Y el del perfil autoritario:
-¡Malditos sean los culpables!




1.- VOCABULARIO

máuser
1. m. Fusil de repetición, de cerrojo manual.
Palenque: Fue una cárcel donde Gómez encarcelaba a sus enemigos políticos.  En este capítulo se nombra pues llevan Palenque a los estudiantes de la generación del 28 que se alzaron contra Gómez

2.- CONTEXTO HISTORICO DE "CASAS MUERTAS"
La historia contada en "Casas muertes" ocurre en un contexto histórico concreto, la Venezuela de las primeras décadas del siglo XX.  Sobre todo en este capítulo vemos que es el tiempo de la dictadura del General Juan Vicente Gómez.

3.- CONTEXTO GEOGRAFICO DE "CASAS MUERTAS"
La obra está situada en un contexto geográfico concreto el pueblo de Ortiz en el estado Guárico de Venezuela. En la obra se nombran otros pueblos cercanos a Ortiz, por ejemplo Sebastián viene de Parapara. 

ASIGNACION PARA ESTA CLASE:

1.- Lectura individual
2.- Contestar en el documento de Asignaciones Diarias:
2.1.- Resuma en 4 oraciones el contenido del capítulo
2.2.- ¿Cuál es la actitud de Sebastián con respecto al encarcelamiento de los estudiantes?

TAREA PARA LA PROXIMA CLASE
Leer los capítulos 8 y 9.  En la próxima clase realizarán un trabajo en pareja sobre los capítulos 7, 8 y 9. 




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